jueves, 30 de agosto de 2007

El Cantante o La Mujer de un cantante



Por: Juan Guillermo Martínez
Hay cintas que desde el primer segundo le permiten al espectador darse cuenta de que no tienen identidad. Y no la tienen porque el protagonista (quien debe llevar el hilo de la historia) no es protagonista. Esto sucede, generalmente, cuando las pretensiones de determinadas películas obedecen a intereses totalmente distintos al de hacer una muestra seria y propia (propia en el sentido de respeto al personaje principal) de x o y tema en especifico.
La puesta en marcha en el celuloide de la vida del cantante puertorriqueño Héctor Lavoe (Marc Anthony), así lo demuestra. El hecho que esté contada, en flash back, por uno de sus protagonistas, no quiere decir que éste sea el detonante del recorrido subsiguiente del film, máxime cuando hay factores que obedecen a otra cosa, primero, el nombre de la cinta: puede representar muchos tópicos, entre otros, que la historia que se está presentando tenga entre ceja y ceja la figura del tema o personaje que connota el arquetipo de la película; segundo, cuando se utiliza esta técnica, el papel que desempeña el narrador es fundamental en la medida en que se mantenga al margen (pero siempre a la expectativa) de lo que está contando, nada más y nada menos por ser el narrador, en este caso, de la vida de otra persona, no la de él.
Dirigida por el cubano León Ichaso, El Cantante pretende contar el itinerario del hundimiento en un inmenso lodo de excesos del músico boricua. El problema es que no lo logra. La intención principal, a medida que pasa la historia, va en descenso, al igual que Héctor. En este sentido, lo que se termina mostrando es una serie de planos donde Héctor se droga y emborracha, no muy bien logrado, por demás. Es entonces Puchi (Jennifer López), esposa de Lavoe, la que se vuelve, intencionalmente, dueña y señora de la historia, buscando con esto, evidentemente, un trampolín comercial que dispare los recaudos en taquilla; algo que no es nuevo. La cuestión radica en que sea lo más sutil posible y no termine siendo un diluvio de sucesión descarada de imágenes. Cada escena está dirigida por y hacia ella, desde que Héctor entra al primer bar de salsa en New York y la cámara enfoca su sensual y solitario bailoteo con cientos de caras admirándola, hasta la escena final de un concierto en el que ella está a su izquierda a menos de tres metros y él la observa sin parar como desentendiéndose del asunto: el canto. Todos los focos están sobre ella, las cámaras la buscan y su protagonismo es único, es el centro de las miradas; es la narración misma. Marc Anthony es su escudero; la vida de Héctor no importa, ella es quien dirige las teclas y su marido la segunda como el más insignificante corista de una orquesta.
La labor de Jennifer López, co – productora, además, de la cinta es netamente exhibicionista: sólo le interesa mostrar un producto: el suyo; suele ser en momentos mentirosa: toma frases que Héctor inmortalizó como suyas, por ejemplo, no es que yo llegue tarde, sino ustedes muy temprano. En su caso, la esboza en el momento en que Willie Colón decide abandonar su alianza con Lavoe por sus continuos retrasos a presentaciones, grabaciones y ensayos. La mujer es implacable y le hace entender que el no llega después sino Colón antes. La atmósfera es de ella, de nadie más, incluso en escenas donde no está, el tema de conversación sólo es uno.
De otro lado, la intervención de figuras claves en la vida de Lavoe es prácticamente precaria. Willie Colón y Jhonny Pacheco aparecen porque deben aparecer, y no porque fueron determinantes en su carrera y vida personal. Se encuentran con la cámara no más de cuatro veces sin decisión alguna, sólo con la firme intención de tapar huecos para que no sea tan evidente la falta de consistencia de la trama. Su hijo parece no importarle, sus padres tampoco. Lo anterior porque siempre estaba pendiente a su esposa, y la actriz, por supuesto, se encarga muy bien de eso. La interpretación de algunas canciones fue buena cuando se le dio la gana, a pesar de que la letra aparecía traducida al inglés en tramposos fondos negros detrás de su rostro ¾algo de mal gusto, pero firme a los intereses del mercado anglo¾; las que quiso cantar bien se vieron bien, las que no, ni hablemos.
No hay que ser un genio para adivinar cuáles son las intenciones del film. La parte técnica y teórica del asunto quedan en el aire. Lo que buscaba la actriz – productora se cumplió a cabalidad.
Esperemos que no pase lo mismo con la próxima entrega de otras figuras de la salsa. Al parecer la que sigue es Celia Cruz. Aquí si se podría enlazar, de una manera un poco más íntima, el papel protagónico que tuvo en su vida Pedro Night, su marido, sin, esperamos, eclipsar el de la guarachera de Cuba.

Dirección: León Ichaso
País: Estados Unidos
Año: 2007
Reparto: Jennifer López
Marc Anthony

Manderlay



Por: Misael Barros
Vuelve Lars von Trier con la segunda parte de su trilogía, USA tierra de las oportunidades. Con un toque muy a lo Ingmar Bergman, von Trier va organizando su obra fílmica de saga en saga como si su intención fuera ponerle nombres a sus estados anímicos, quemando etapas o reinventando lo ya inventado por el mismo.
Manderlay entonces es la continuación del desasosiego emocional rayando casi que en el trauma que nos dejo Dogville (2003), patología adquirida después de su ultima trilogía de corazones destrozados, y el vidrio molido que nos hizo tragar con Bailando en la oscuridad (2000).
Manderlay será a consideración del propio von Trier, "una de las escasas ocasiones en las que los panteras negras y el ku-klux-klan estén de acuerdo". Algo conocido suena por ahí, es parte de la historia norteamericana donde la salvajada racista no es "graficada" en ningun momento de la pelicula, ni mucho menos salen los personajes arriba citados por von Trier. Antes que hechos, Manderlay refleja mentalidades empotradas en los resquicios de la memoria, y cómo estas salen a relucir siniestramente en una fina muestra de crítica política. Como reflejo del lado oscuro de la historia del pais paradigma de la democracia en occidente y sus profundos brotes de racismo, del miedo a la libertad (sin emular a Erich Fromm) y sin que el tiempo signifique que estos males ya fueron superados.
La historia discurre en la salida de Grace y su padre de Dogville hacia el sur de Estados Unidos, es 1.933 y buscan junto con sus gansterns territorio donde ubicarse, en su viaje llegan a un pequeño y lúgubre poblado enclavado en el estado de Alabama rodeado de vetustas rejas donde al pie de un gran tronco y con un cielo siempre - oscuro yace el nombre de lo que parece ser el ultimo bastión del esclavismo en el sur. Con letras rusticas aparece el nombre Manderlay, y allí el trucaje psicológico de von Trier no da espera dándonos la oportunidad de evidenciar la diatriba humana, la puesta en escena de la obstinación y el "cargo de conciencia" encarnados en la joven blanca, por lo que le hemos hecho a los negros (frase recurrente en la película). Derribando las viejas rejas, descalificando practicas bárbaras como el azote y declarando a los esclavos libres y actualizándolos sobre las bondades de la democracia, mientras el sometimiento maniqueo de los negros pone en evidencia que su esclavitud es la fuente de su estabilidad y seguridad, constituyéndose en un contundente sarcasmo critico hacia lo que ha significado la violencia generada por el racismo.
Grace buenamente les enseña a elegir y a debatir, pero serán estos mismos mecanismos democráticos los que usaran los negros para reafirmar su esclavitud y elegirla a ella como ama y dueña de ellos. Dejando al espectador perplejo, desmantelándonos esa idea como lo hizo Woody Allen en Mach point (2005) que no siempre el bien o lo bueno por "bienintencionado" que sea tiene que prevalecer ante el mal o lo malo.
Esta historia esta fuertemente condicionada por la escenografia implementada y craneada por von Trier, que en veces nos acercara a la idea de la escenografia teatral de contornos y objetos simulados, donde la ubicación (para el espectador) se da gracias a una cámara panorámica que nos permite leer o ver a manera de mapa las dimensiones de Manderlay, la presencia de la voyerista cámara heredera de dogma95 que captando los altibajos emocionales de los actores, y la ya conocida voz en off de Dogville repite su función narrativa de enseñarnos la trama de una pelicula en ocho actos.
Manderlay, la segunda pelicula de la trilogía USA tierra de oportunidades de Lars von Trier, y segunda parte involuntaria de Dogville inoportuna a los protagonistas o herederos de la historia norteamericana, crispa nuestros sentidos acostumbrados al típico final feliz, y nos deja con la cruel expectativa de lo que podrían ser los demonios a desvelar en su tercera entrega. Esos mismos que subyacen escondidos en las extensas paginas de la historia de la tierra de las oportunidades.

La sensibilidad del Hombre elefante


Por: Juan Guillermo Martínez

A PESAR DE SU ASPECTO ESPANTOSO, John Merrick (John Hurt), tenía la sensibilidad y ternura de un niño recién nacido. Las elevaciones en su columna vertebral, su gigantesco cráneo, la inutilidad en el brazo derecho y su rostro terrorífico, no eran más que consecuencias lamentables y nefastas de un accidente en su etapa de gestación, pero por ningún motivo un aspecto que resaltase en él un odio desmesurado hacia la humanidad o, tal vez, un resentimiento exasperado.
Merrick era un hombre de educación netamente religiosa. Leía la Biblia desde muy pequeño y memorizaba parágrafos y salmos enteros con una memoria de máquina. Era culto y elegante, pero nadie lo sabía hasta que el prestigioso cirujano Frederick Treves (Anthony Hopkins) se interesó en su caso y decidió estudiarlo y atenderlo con disciplina.
Desde muy joven, se desempeñaba como la principal y más asediada atracción de un circo que viajaba por todo el Reino Unido mostrando al público los más extraños casos de particularidades humanas. Vivió encerrado durante mucho tiempo horrorizando a todo aquel que lo admirara. Su morada era una jaula con barrotes de hierro que no le permitían apreciar libremente el exterior. Su propietario, un sujeto llamado Bytes (Freddie Jones), lo sometía a las más inhumanas condiciones de vida y lo maltrataba sin compasión alguna con latigazos de psicópata.
Cuando Treves lo traslada al hospital producto de un mal respiratorio que lo aquejaba, se percata de los sentimientos transparentes y cariñosos que desbordan de su ser. Sus ojos podían llorar océanos inmensos de lágrimas ante una pequeña palabra que lo hiriera. Sus nervios se advertían intranquilos ante la presencia de alguien extraño que lo mirara con desdén. Sus labios sonreían con timidez si un cumplido resonaba en sus oídos o si un beso valiente de mujer se posaba en su mejilla. Sin embargo, el mismo Treves, poco a poco se fue percatando de que, de una u otra manera, también lo estaba exhibiendo ante un público, ya no en un circo sino en un hospital, donde es visitado por estrellas del teatro clásico londinense y grandes personalidades de la aristocracia; no obstante, Merrick no se sentía de tal forma; las cosas eran a otro precio; no era un espectáculo.
Rodado en blanco y negro a principios de la década de los ochenta, el film es ambientado en una Londres Victoriana en el siglo XIX, donde su personaje principal busca, por todos los medios, escapar de una realidad oscura y temerosa que lo absorbe para reencontrase con lo puro de sus sentimientos.
Dirección: David Lynch
Países: Reino Unido – Estados Unidos
Año: 1980
Género: Drama
Duración: 124 minutos
Reparto: Anthony Hopkins
John Hurt
Anne Bancroft
Freddie Jones
Wendy Hiller