
Por: Juan Guillermo Martínez
Rocíos de crítica social…
Qué tan lejos de la ecuatoriana Tania Hermida, es un experimento que intenta escupir gotas de crítica social sobre la situación actual del conflicto político que se vive en Latinoamérica. Si bien no lo logra del todo, algunas esquirlas de rocío caen directo en la cara de algunos. La cinta maneja un humor negro y por momentos sutil que deja entrever las peripecias de un par de mochileros con intereses distintos, pero con medios iguales.
Con un aire de Road movie, el film se va metiendo en la médula de los problemas provocados por los pocos que manejan las teclas de América. El siempre descontento de los estudiantes de universidades públicas ante la situación establecida por el Statu quo será lo que tomará fuerza y se dejará ver en el trasfondo del film. Las historias (coincidenciales) que encuentran a la vera del camino y los protagonistas de ellas devorarán el interés del espectador. Lo anterior partiendo de un supuesto bastante interesante: no todos los personajes son del mismo corte que los primeros ni manejan un discurso lineal sobre un tema en específico que pudiera advertir un cansancio en la trama de la cinta.
El modo que escogió la directora para contar su historia es bastante particular, el problema (no global pero sí en su mayoría) estuvo en la actuación de algunos de sus actores. El papel de María Teresa, la estudiante nostálgica y soñadora del cambio, estuvo pésimo de principio a fin, máxime cuando se trataba de un estilo de personaje que parodiaba, si se quiere, un género, o, por lo menos, lo contradecía a propósito; era la típica estudiante promedio de universidad del estado que estaba en contra de todo pero que, al mismo tiempo, delineaba todo al modo de una regla. La actriz, se encargó con su notable cansancio a lo largo de todo el film, que el público también se cansara de ella. Los paisajes ecuatorianos fueron bien utilizados y la fotografía fija que se manejó en muchos de ellos explotó la sensibilidad natural que hay en varios de nosotros.
La infidelidad es una bala en la sien…
Lo mejor de Radio corazón de Roberto Aitiagoitia, fueron sus tres historias. Pero no las historias como tal, sino lo particular que se advierten todas y cada una de ellas. De resto, la película fue un completo desacierto. La cosa es más o menos así: son tres relatos (ocurridos en el seno de la Chile real) distintos y orientados, de una u otra manera, al sexo. El primero, trata de la típica estudiante de secundaria, ad portas de graduarse y cumplir la mayoría de edad, que no ha perdido la virginidad y que quiere hacerlo antes de salir del colegio, hasta ahí la cosa no tiene nada de raro, lo interesante del asunto estriba en quién será su autor. El padrastro es quien tiene los cinco ases y la jovencita es quien le tiró, complacida, las cartas. Punto. El resto de la historia es una ensalada rosa de mal gusto.
La segunda historia es la más interesante de todas. Muestra los resultados siniestros que provocan ciertos actos entre la gente: por las calles de Santiago anda una madura suegra y una joven y apuesta yerna argentina que se va a casar con el hijo de la suegra que trabaja todo el día sin parar en una empresa que lo tiene absorbido y que anula todo el posible tiempo que pueda llegar a tener para acompañar a su prometida a las miles de vueltas que demanda la organización de un matrimonio. Y es precisamente esta falta de tiempo lo marcará el destino ulterior y decisorio de la fidelidad de su ahora ex – mujer con su ex – madre. El tiempo, entonces, es el revolver que dispara la bala de infidelidad que cayó directo a la sien del engañado.
El relato deja escapar atisbos de moralismos mal trabajados por parte de la madre – traidora: es tan imposible de perdonar como una bofetada de Dios. Pero, también, permite ver la gallardía con la que la antes novia del traicionado maneja la situación cuando el descubre la verdad; recibe los golpes con una cara seria y valiente, y con un cartel en la frente como diciendo “mi máquina de fidelidad está indefinidamente fuera de servicio”.
La tercera y última (por fortuna) historia es una telenovela mexicana con productores colombianos y actores venezolanos. Es fofa, pesada y golpeada hasta en los huesos. Tan enferma como una de sus protagonistas. Deja de lado el probable carácter creador que pueda llegar a tener un director. Es la Corín Tellado del siglo XXI. Maneja un lenguaje predecible de los hechos. El espectador puede adivinar hasta los diálogos que pronto saldrán. No produce nada. Sólo cansancio de no ver más estas historias.
Norah Jones tiene la voz como la deben tener los ángeles…
A Walter González
Wong Kar – Wai no es un advenedizo. Todo lo que ha logrado y ganado no es gratuito; lo ha conseguido por la fuerza de sus historias. Cuando desenfunda su revolver lo hace con las manos de John Wayne, la rapidez de Lee Marvin y la elegancia de Kirk Douglas. Sus historias son balas que viajan atravesando como cuchillos el aire no sólo del viejo oeste, sino el de Hong Kong y, ahora, el de New York, escenario de su último film exhibido: My blueberry nights (2007) traducida como El sabor de la noche, y vista, con éxito, en este festival.
Norah Jones tiene la voz como la deben tener los ángeles. Luce fresca como un jazmín y radiante como el sol en el retrovisor de un cadillac.
Es la primera película Hollywood de Wai. Los bares neoyorquinos de medianoche reemplazan a los destartalados hoteles de la Hong Kong que tanto utilizó en sus anteriores trabajos. Lo interesante del asunto radica en la forma cómo los hace parecer: el lugar perfecto para la exaltación de las mujeres perfectas. Su cámara las sigue a todas partes, la velocidad reducida (elemento al cual ya nos tiene acostumbrados) a la mitad, en sus imágenes, es el elemento capital que desbordará un ataque desmedido de iluminación de la belleza propia y natural de sus mujeres.
Coloca un cigarrillo entre sus labios y busca con desespero un encendedor. La chaqueta y su cartera no bastarán. El cabello se mueve tímidamente con sus movimientos. Me acerco y Jud Lawe me mira con ojos peligrosos. Le doy fuego y ella aparta su mirada.
La historia se mueve la mayor parte del tiempo en interiores, características que prima en sus realizaciones. El manejo de la cámara que deambula entre los rostros de los personajes le da un aire dogma al asunto; busca explorar los resquicios del alma de cada uno. El trasfondo de los ojos de sus protagonistas, como si los diálogos no bastaran para conocerlos mejor. El ambiente que se deja ver, va de la mano con cada uno de ellos, seres que no permiten ser sospechosos de nada.
El humo de su cigarrillo desaparece como ella. Enciende su auto y se va. La sigo. El viaje es largo como una noche de insomnio. Se baja y entra a un casino. Nathalie Portman juega a las cartas. Se le acerca y le dice algo al oído. No logro escuchar. Los demás apostadores se ponen alerta. La cosa no es con ellos sino conmigo. Prendo un cigarrillo y mis ojos no dejan de verla.
La obra Wohg Kar – Wai es un ejemplo claro de cómo un autor va guardando en el bolsillo los errores que se cometen en un film para no repetirlos jamás. Le interesa no sólo la historia sino, también, la forma cómo se cuenta y la parte técnica de su realización, por eso los travellings verticales continuos no son una mera pose; los usa para captar mejor y adecuadamente hasta la respiración de sus personajes. El trabajo de este realizador constituye, quizá, lo más acertado y notable, desde el punto de vista estético y creador, en la actualidad del cine mundial.
Nathalie Portman se levanta y Norah Jones la sigue, diligente. Se lleva la mano derecha al bolsillo trasero de su pantalón y saca un encendedor. La puerta trasera del lugar se abre y desaparecen tras ella. El humo del cigarrillo choca con su pelo. Salgo por delante y voy directo a mi auto. Enciendo y pongo en marcha el viejo chevrolet de papá. En el horizonte no se ve nada, sólo un resplandor, tal vez, Norah está mirando por el retrovisor.


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