
Por: Juan Guillermo Martínez
VENTURA PONS utilizó la metáfora del “abismo” para darle aire a su cinta. La vida abismal (España), cuenta la historia del “chino”, un jugador de cartas, con una suerte tremenda e increíble, que apostaba excesivamente sin mirar los límites de las cosas. Esos mismos límites que acabarían reclamando, de una u otra forma, lo que les pertenecía.
El “chino” nunca miraba al precipicio. Y aunque siempre estaba en el borde, lo ignoraba y seguía hacia delante como si nada. La derrota era una palabra que no existía en su cabeza. Sabía, de antemano, que iba a ser el ganador. Intimidaba a sus oponentes con la fuerza que advertía por medio de las palabras. No tenía una estrategia definida. Estudiaba los ojos de los otros con miradas que parecían peligrosos puñales afilados. Se aprovechaba de la situación y de la condición de los demás para dar el siguiente paso. Siempre atinaba a dar en la diana. Era un sujeto completamente elegante que casi nunca perdió la diplomacia. Bebía y fumaba sin parar, y eso, ayudaba a mantener la calma. Le sonreía a la vida y llevaba a la muerte en su bolsillo junto al encendedor. Tenía un amuleto humano tras suyo que le acompañaba a todas partes. Vestía siempre de saco y camisa con solapa grande.
El film es recreado en un ambiente netamente valenciano en la España de los setenta. Marcado por las costumbres de los habitantes propios de esta región del país ibérico, en donde el día a día de la mayoría de las gentes acaudaladas se subordinaba a refugiarse en clandestinos casinos y casas de juego, apostando lo que no tenían y empeñando hasta los huesos con tal de obtener ese golpe de suerte que los sacara del “abismo” en donde, supuestamente, estaban. Se escondían de las autoridades como verdaderas ratas cobardes y vivían al filo del peligro. Los personajes manejan un lenguaje absolutamente cotidiano donde la palabra de honor del caballero y jugador se mezcla perfectamente con las bromas propias de tipos que, como el “chino”, toman seriamente las cosas que lo ameritan, pero que también saben mantener un paréntesis en ambos lados del rostro.
Él pertenecía a ellos (jugadores) pero jamás se le podría considerar uno de ellos. Era diferente como una manzana podrida entre el montón, sólo que la podredumbre de él era especial; estaba podrido, si, pero en astucia, en genialidad. Era un pobre diablo podrido en dinero fácil. Así funcionaba su mundo, lo demás importaba menos que lo otro. Construía sus propias reglas. Sólo conocía una manera: la del “chino”. Murió en su ley. Murió como un temerario. En su último juego, las cartas le habían salido buenas, sólo que, por primera vez, no supo ganar la partida. La muerte estaba tan nerviosa y tan cansada de estar encerrada tanto tiempo en su oscuro bolsillo que salió en forma de bala y actúo rápida y certeramente como el definitivo disparo que sale de un arma usada en la ruleta rusa.
VENTURA PONS utilizó la metáfora del “abismo” para darle aire a su cinta. La vida abismal (España), cuenta la historia del “chino”, un jugador de cartas, con una suerte tremenda e increíble, que apostaba excesivamente sin mirar los límites de las cosas. Esos mismos límites que acabarían reclamando, de una u otra forma, lo que les pertenecía.
El “chino” nunca miraba al precipicio. Y aunque siempre estaba en el borde, lo ignoraba y seguía hacia delante como si nada. La derrota era una palabra que no existía en su cabeza. Sabía, de antemano, que iba a ser el ganador. Intimidaba a sus oponentes con la fuerza que advertía por medio de las palabras. No tenía una estrategia definida. Estudiaba los ojos de los otros con miradas que parecían peligrosos puñales afilados. Se aprovechaba de la situación y de la condición de los demás para dar el siguiente paso. Siempre atinaba a dar en la diana. Era un sujeto completamente elegante que casi nunca perdió la diplomacia. Bebía y fumaba sin parar, y eso, ayudaba a mantener la calma. Le sonreía a la vida y llevaba a la muerte en su bolsillo junto al encendedor. Tenía un amuleto humano tras suyo que le acompañaba a todas partes. Vestía siempre de saco y camisa con solapa grande.
El film es recreado en un ambiente netamente valenciano en la España de los setenta. Marcado por las costumbres de los habitantes propios de esta región del país ibérico, en donde el día a día de la mayoría de las gentes acaudaladas se subordinaba a refugiarse en clandestinos casinos y casas de juego, apostando lo que no tenían y empeñando hasta los huesos con tal de obtener ese golpe de suerte que los sacara del “abismo” en donde, supuestamente, estaban. Se escondían de las autoridades como verdaderas ratas cobardes y vivían al filo del peligro. Los personajes manejan un lenguaje absolutamente cotidiano donde la palabra de honor del caballero y jugador se mezcla perfectamente con las bromas propias de tipos que, como el “chino”, toman seriamente las cosas que lo ameritan, pero que también saben mantener un paréntesis en ambos lados del rostro.
Él pertenecía a ellos (jugadores) pero jamás se le podría considerar uno de ellos. Era diferente como una manzana podrida entre el montón, sólo que la podredumbre de él era especial; estaba podrido, si, pero en astucia, en genialidad. Era un pobre diablo podrido en dinero fácil. Así funcionaba su mundo, lo demás importaba menos que lo otro. Construía sus propias reglas. Sólo conocía una manera: la del “chino”. Murió en su ley. Murió como un temerario. En su último juego, las cartas le habían salido buenas, sólo que, por primera vez, no supo ganar la partida. La muerte estaba tan nerviosa y tan cansada de estar encerrada tanto tiempo en su oscuro bolsillo que salió en forma de bala y actúo rápida y certeramente como el definitivo disparo que sale de un arma usada en la ruleta rusa.


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